
No sé qué es más difícil, explicar lo que siento o sentir lo que explico...
Como una fumarola que ves caer hacia ti a cámara lenta desde lo alto de un cielo nublado llegó ayer mi primo al hospital, mi cabeza estaba rumbo hacia la nada, ensimismada en el fondo del pasillo, con poca rapidez pude prepararme para lo que me esperaba segundos después, asi que, me mostré en un primer plano bastante estoica con la situación.
Al notar la primera piedra helada que me lanzó mi primo al no dirigirme ni un saludo al llegar, tube la sensación de "el mejor desprecio es no hacer aprecio" pero no fue más allá. Los minutos que siguieron a esta desafortunada visita fueron toda un lección de sinvergüencería.
Decía la Biblia "Si te dan una hostia, pon la otra mejilla", este lema de masoquismo total fue el que tomé como patrón todo el rato que tube que compartir ese agobiante trozo de pasillo donde estaba mi abuelo postrado en aquella miserable camilla de pidra y sin más, al ver toda esa cara tan dura, comencé a participar en la estúpida conversación que tenían, hablandole yo, de la cena insípida que le habían dado a mi abuelo y dirigiéndome a el con toda una sonrisa para decirle cosas como "estas más delgado, claro.. hace siglos que no nos vemos". Él me contestaba con monosílabos y su mirada seguía siendo esquiva. Al marcharse me dijo adiós, todo un logro, pensé.
Mi abuelo no hizo comentarios, con una mueca fue suficiente para comprender que estaba decepcionado por lo que en su situación había tenido que ver. Yo tampoco los hice. En ese momento llegó mi madre para hacerme el relevo y salirme a fumarme un cigarro con mi tía.
Una vez afuera comentamos la jugada. Mi primo no había saludado ni a mi madre ni a mi tía, así que en vez de sentir eso de "por lo menos no soy la única" me sentí mucho peor. Y tras estar viendo a mi abuelo toda la tarde con ese tremendo gesto de preocupación, tras haber pasado los nervios justos de la situación en la que él se encontraba y toda la angustia que a mi me provoca verlo así, tenía que llegar el individuo de mi primo, para recordarme que la familia seguía rota.
Al llegar la noche tuve que volver a casa de mi madre, me esperaba todo un cambio. La casa, cuanto menos descuidada, parecía oler a tristeza y vacío. Nada más subir a mi cuarto sentí que todas esas realidades tristes lo seguían habitando, como si de nada sirviese que desapareciera un siglo. Había que hacer una gran limpieza.
La "gran limpieza" como yo la llamo, no se trata sólo de coger barreño, paños, estropajo, fregona y aspirador, es una limpieza especial. Primero una se da toda una paliza a limpiar, como la que me he dado yo hoy todo el día con ayuda de mi hermano, que más que ayuda, todo hay que decirlo, parecía el favor de su vida. Después hay que abrir las ventanas y las puertas de par en par y dejar que la casa se ventile, y barriendo hacia afuera, dejar que por esas ventanas, como quien levanta un poquito la tapa de la olla, se esfumaran las energías negativas como si del vapor de esa olla se tratase. Con agua pura se riegan las esquinas de todos los departamentos, y por último, se cambian de lugar pequeñas cosas... Así, abierto todo de par en par se queda hasta el anochecer y luego se ponen unos inciensos de canela, la canela da buenas energías, transmite paz y hace de la casa un lugar más hogareño.
Después de todo me siento mucho más satisfecha y más tranquila.
Ahora sólo espero la llamada de mi abuela para tener noticias desde el hospital. El miedo que siento por si le pudiera pasar algo más grave a mi abuelo no lo se explicar, sólo puedo afirmar que estoy acojonada.


