Estallido

Qué injusto ese dicho de que la felicidad se encuentra en las pequeñas cosas...

¿Pequeñas?



Me levanto perezosa un domingo por la mañana, después de una ducha fugaz y de ponerme mi mono bombacho negro (me encanta porque me hace sentir desnuda frente al calor) y mis sandalias romanas, me atuso el pelo y me echo al hombro mi enorme bolso del Primark.


Salgo directa al kiosco, donde compro El País y por un euro más me dan un DVD de Hello Kity Paradise que guardo para mi prima pequeña mientras leo impasible un cartel donde pone "ABC NO MAS ERES" Y en ese momento pienso en mi primo.


Ando hasta la renfe de Móstoles Central y tras ponerme de mal humor momentáneamente porque dos viejos me sueltan algún que otro deseo íntimo, cojo mi billete en dirección Atocha.


Le voy echando un vistazo a el periódico, de momento solo me detengo en los titulares y entradillas pues no se me da muy bien concentrarme en un vagón. Las noticias no son nada alentadoras... el Semanal se me hace algo más ameno. Pero yo soy de las que aún estando todo gris, prefiero leerlo que verlo, pues la realidad siempre supera mi imaginación hasta en las historias más tristes.


Una avalancha de gente espera al otro lado de los ventanales y otra tanta se levanta de sus asientos, esto me indica que ya estamos en Atocha.


Se me ocurre que como tengo el día sensible, podría pasarme por el monumento de cristal a las víctimas del 11-M para dedicarles unos minutos más a esas 191 personas que murieron allí, en los trenes de Atocha, para que sepan que no se olvida a esos familiares, a esos 1.830 heridos y a toda una España que aquella fatídica mañana se vio compungida.


Minutos tristes mirando hacia el cielo blanco lleno de frases tristes, de palabras muy bellas que al final, consiguen atraparme y me sorprendo instantes después dando vueltas rotando sobre mi cabeza con los ojos encharcados. Y no puedo evitar sentirme una afortunada, yendo a mi precioso Madrid, a pasear y a visitar la Feria del Libro. No puedo evitar que la señal de sus muertes me haga sentir viva.





Salgo y me dirijo a la Cuesta de Moyano, al levantar la vista momentos antes de llegar, descubro una media docena de artistas pintando en sus cuadros su manera de sentir Madrid. Me paro y me detengo a verlos uno por uno. Incluso me atrevo a dar mi opinión a algunas pintoras. Me siento bien ahí, me siento libre.


Subiendo la cuesta y viendo a a los libreros, que se cobijaban del sol en sus casetas blancas, observando a la muchedumbre cómo revolvía entre sus libros al precio de "2x3 euros", me di cuenta de que unos metros más abajo, también alguien se cobijaba del lorenzo a la sobra de un árbol. Era de piel oscura y tenía entre sus manos un brillante saxofón que le daba el toque final a mi mañana. Me quede quieta mirándolo fijamente, como si en ese instante solo existieran esas manos y esas notas... Una pequeña bajada de tensión me hizo volver en sí y darme cuenta del sol de justicia que bañaba Madrid.


Después de comprar un par de libros, algo de Lucía Etxebarría (muy almodóvar ella), un libro que me recomendó un amigo, de García Márquez (1oo años de soledad) y algo sobre magia y ocultismo (esas pequeñas cosas raras...), me quede plenamente satisfecha y nada me importaba más que sentarme al fresco y tomarme un buen chupo de agua fría mientras contemplaba toda la diversidad.




Me apetecía una barbaridad pasearme por el rastro, así que tomé la ronda de valencia y me presenté en Embajadores. El ambiente había cambiado, pero era el de siempre, los mismos puestos, las mismas caras... Aunque he de reconocer que ahora donde antes había intercambios de cromos, estaban los videojuegos para la wii y la play y cosas por el estilo. Di vueltas y vueltas, observé a los mimos, esos personajes que desde pequeña me fascinaron y aún se me escapa la vida que ellos conciben... regalando sonrisas, vendiendo su arte a cualquier precio.





Estaba cansada y hacía rato que el medio día había cumplido. Se me antojó tomarme un café bien cargado, solo y con hielo en un Café que me llamó la atención por su decoración. Dentro todo era antiguo, en grises y rosas fríos. Unas lámparas antiguas con decorados modernos eran las protagonistas del lugar junto con la típica barra a lo "Moroco". Junto con el café, unas tejas de almendra detalle del barman. Ahí fue cuando me detuve a leer mejor la prensa... Y también ahí se terminaba mi mañana evasiva repleta de olores, colores y diferentes sensaciones siempre cercanas y reconfortantes que me regalaba Madrid. Ahora leía la otra cara de la moneda...



El estallido de realidad esta siempre latente, enfrente de nosotros, nos mira con la cara bien alta y nosotros agachamos la mirada... intentamos inventarnos un nuevo mundo.


Back to Home Back to Top El paradero de Mussssa. Theme ligneous by pure-essence.net. Bloggerized by Chica Blogger.