
Y siento que es ahora...
Entre el verde húmedo de la hierba que cosquillea mi envés dejo ver una codicia que me arrolla, un extremecimiento previsto, una mano suave que acaricia todo lo que anhelo... Se llama ilusión.
Con mis manos empapadas en las lágrimas añejas me refresco el rostro ardiente y juego con mi pelo haciendo rulitos de canela. Mis dientes muerden mi labio inferior... y juegan a titubear poesía.
El aroma limpio y lozano que desprende este lugar es la fragancia con la que viajaré por mil paisajes desconocidos, sin importarme el hedor con el que choque. Es el perfume verde y fresco el que ahora se ha colado dentro de mi y lo riega todo.
El cielo esta negro índigo, es un negro que carece de oscuridad, es un espacio infinito, un trasfondo que me traslada a los lugares más bellos, a los pasajes más enigmáticos... Y no hay sitio para ningún rostro... Todo parece carecer de intenciones o acciones... Es puro aire limpio. Pura imagen. Es el cielo.
Si cierro los ojos puedo ver mil colores más a parte del negro. Son tonos pasteles, y detrás se que andan los chillones, los claros y los oscuros protejen a ambos como si de una burbuja se tratase.
Recuerdo de nuevo mi túnel. Lo imagino como siempre, un espacio opresivo, sofocante, capaz de agobiar a una rata, con solo una misma dirección.
Esta vez noto que la gruta donde empezaba a resignarme, poco a poco se empina un poco más, como si todas esas horas arrastrándome entre el lodo y las piedras secas y punzantes recobrasen todo su sentido. Imaginé entonces mi corredor de la muerte como un camino hacia arriba, un sendero hacia la luz. Porque en el fondo, no tan lejos como esperaba ultimamente, se hallaba una luz esperanzadora, cargada de realidad, cargada de nuevas experiencias que me esperaban y mentalmente me gritaban ¡avanza!
Abro los ojos y lleno mis pulmones del aire ligero y alborotado de este lugar... Ahora si, creo que sé cuál es mi sitio.


